Tu nombre está esposado a mi muñeca.
Tenía frío, así que él nos cubrió a ambos con una pequeña manta mientras acariciaba mi pelo, y secaba de vez en cuando mis ojos, limpiaba mi mejilla. No decía nada, yo tampoco. Poco a poco dejé de llorar, y el reloj dio las 12 en frente nuestra. Entonces hizo el ademán de levantase, con un "Bueno..." Entre dientes. Yo lo retuve por el brazo.
-Ya son las 12 pequeña...- Dijo, lamentándose. No quería dejarme allí. Yo tampoco.-
-¿Puedes quedarte esta noche? -Supliqué. No se hizo derrogar, volvió a sentarse y me recosté sobre él. Era un sofá incómodo, una noche fría, un mal momento, pero él siguió conmigo, sin pronunciar palabra. Me gusta el silencio. Nuestro silencio. Y me dormí, pronto, más tranquila, abrazada a él, entre sollozos.
Siempre ha estado ahí, eso le da valor.
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