Hay mil y una razones para creer. La princesa no tenía ninguna. Ella se empeñó en él, en dedicarle cada segundo de sus días, en combinar los látidos de su corazón con su respiración. Y él se aprobechó. Yo no supe detenerla, le dije que frenara, que las personas no cambian, se adaptan con el tiempo. Él todavía era igual. La princesa hizo oídos sordos y continuó adelante con una gran y insegura sonrisa. Pero se quebró. Como siempre, él la utilizó. Una muñeca de trapo, la lanzó lejos de un momento a otro. Ella ya no puede consigo misma. Yo la veo y me niego a creermelo. No se como apoyarla, como secar sus lágrimas si no dejan de brotar. Yo me perdí en el momento en el que ella dejo de soñar.
No llores más, princesa.
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