La princesa era una persona fuerte y transparente. Pero vista desde el punto de cualquier persona ajena a todo lo que estaba pasando era frágil. Con frágil me refiero a cristál. Lloraba por las esquinas. Pero, realmente, llorar no se significa ser débil. Si no, que llevas demasiado tiempo siendo muy fuerte. Y ese es el problema. Que un día pasas, coges aire y aguantas los problemas dentro. Eso es lo que diferencia a la princesa de las demás personas, que sabe esperar el tiempo suficiente, que tiene paciencia. Pero llega un día que se te salen los problemas por la boca, que tienes que gritarlos y decir, ¡Soy humano!. Así es como la princesa pasó de ser ella a una extraña que guarda con candado sus miedos, encierra dentro de esa puerta todo lo que le asusta y lo que le preocupa. Encierra el pasado. Y sin darse cuenta, una parte de ella se queda dentro.
Quiero que abra la puerta. Que rompa el candado. Y vuelva a empezar de cero, escalones abajo y a volver a subir.
Princesa, desaprende.
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